3 de enero de 2017

DOS MIL DIECISIETE







Volví de las vacaciones. Enorme cantidad de mensajes me esperaban. Comparto el de mi paciente Gery:
“Antes de obnubilarme con convites y pan dulce, y a punto del abarrote de votos para el nuevo año, me pregunté si algo -algo real aunque minúsculo, aunque desapercibido- podría hacer para que ya no se engañe, maltrate o destruya a la gente. A toda la gente. A tanta gente.
No he dejado de buscar respuestas, créame.
Pero en el mientras tanto me propuse una mínima tarea que usted quizá considere ingenua, obvia. Hasta cursi. Esa tarea es: respetar a los demás. A uno por uno, a los que tengo cerca o muy cerca, a los que me cruzo en los trajines simples de cada día.
Imagino su cara. Imagino esa forma suya de levantar apenas una ceja cuando supone que me estoy lanzando a rebasar en rojo.
Quédese tranquila: tengo claro que no puede ser un gesto aislado. Y que no se trata de condescendencia. O falsa simpatía. No es ganarse algo a cambio, ni es andar de salvador o propinando recetas. No es ensalzar, ni lisonjear. No se trata de soltar lugares comunes, dar palmaditas. 
Y qué sí es, supongo que querrá averiguar.
Y yo le aclararé que no lo sé.
Y no lo sé porque cada uno tiene ha de concebir la propia forma de respetar al otro. Crear esa forma y ejercerla con pasión para entonces ver qué sucede, qué nos sucede.
¿Dejarán por eso de violentar o devastar en nuestro derredor o en el resto del mundo? Tampoco lo sé, pero por algún lado hay que comenzar.”


18 de diciembre de 2016

FESTEJANDO





Y Walter que nunca llora, lloró.

Era su última sesión del año. 
El tema festividades, de rigor. Ha perdido el placer de aquellas Nochebuenas lustrosas y esos Fin de Año parrandeados. Odia la pirotecnia que estremece a su dálmata.
“Siento –Walter baja la voz- que es una época de exámenes: con quién (no) lo pasaré, quién sí o no te invita, exigido a festejar con ciertas personas desabridas y prescindibles, simular lo que se siente ante tamaña ñoñés. Y los regalos: acrobacia del consumo, torneo sobre monto y pelaje, decepciones por lo receptado, sin olvidar a los los que no reciben nada o los que no quieren dar nada. Y todo eso a pesar que, como usted señaló alguna vez, no se debe tomar al otro ese examen que uno sabe que va a reprobar.
En las últimas Fiestas, confieso, me sentí solo, solo con mi mirada crítica. Ya ni se me ocurre cómo responder a los buenos augurios que recibo. Tampoco sé qué pedir para el año que comienza…”
Y Walter, que nunca llora, lloró.


Cuando nos despedimos, para su sorpresa lo abracé. 
Le dije que quizá -quizá subrayé- a todos se les puede desear Paz y paz consigo mismo. Y quizá –quizá, volví a subrayar- era buen momento para pedir un milagro, ese milagro que hace tiempo viene tramando.


  

10 de diciembre de 2016

RECORRIDO




Tiene un recorrido. No es más que slalom para evitar conocidos cuando va sola al cine. Siempre va sola. La fetichización de la belleza física campea y Ninna se siente ajena.
Sabe llegar justo antes que inicie la función, partir en cuanto finiquita. Sala llena esta vez y sin embargo, milagro, en fila cuatro butaca de pasillo libre.
La cinta brega.
Chavales asilvestrados en internado plúmbeo y acojonante, más director vil y cierta maestra inmarchitable que recita Milton. Primeros planos de pequeños atribulados; secuencias de galerías desiertas, desertadas, y esa fuga que nunca ha cuajado.
En sentido estricto, a Ninna tales sucesos han dejado de importarle porque sollozos -en vivo- emergen a su lado. Sollozos fugaces, sujetados de un hombre de edad indefinible. Y si bien Ninna no podría asegurar que también lágrimas borbotean, de todas formas le ofrece uno de sus pañuelos desechables.
Fin. La sala se ilumina. Mientras transitan pasillo arriba el suspirador agradece y declara que su novela en curso versa justo, justamente, sobre ese tema. Prosigue en el lobby el relato del relato inconcluso, con énfasis en cierta escena: el niño expósito que  devino en caballero besa la mano de la muchacha redimida tal como se le demuestra – en vivo- a nuestra Ninna.
La acción se detiene.
Ella nunca ha recibido excesivos besos, menos en esa ni en la otra mano, y un arrebol la delata. Al igual que en la novela en ciernes ha comenzado a llover y zarpan Ninna y el escribidor hacia la noche, sin paraguas.



27 de noviembre de 2016

NENÉ





Es demasiado tarde, dijo Ruth.
Tarde con respecto a qué, le pregunté.
Ruth es matemática. Muy lista, discreta, franca. Se separó hace años y floreció. Me consultó tras la muerte de su gata, pérdida que la sumió en esa pesadumbre que calificó de desmedida. Sesión tras sesión, atropellándose, emergieron otras averías y dimisiones varias.
Este jueves el tema fue Nené. La templada Nené. La afectuosa Nené. Fueron compañeras de estudios, cómplices, mancuernadas. Nené prefirió dedicarse a diseñar jardines; madre soltera, educó al chico a contracorriente.
Nené solía albergarla como la orilla a los cormoranes, y en la coda del alba Ruth le revelaba sueños de vigilia y sueños por acallar.
-Supo saber de mí más que yo de mí misma. Y sin embargo…
¿Seis años? ¿Acaso diez?
Ruth no logra precisar en qué momento dejaron de estar cerca tan cerca. Ni cuándo se privó de llamarla a diario o de ir a su encuentro. Menos quién se alejó de quién.
Rememorar y avergonzarse. Prescritos los descargos, los alegatos. Andanadas de bronca por saberse lejos de la que quiso y lejos de aquella que solía querer a Nené.
-No, no me siento capaz de ir a buscarla. Es demasiado tarde.
-¿Tarde con respecto a qué?






21 de noviembre de 2016

ANIVERSARIOS




“Llegué tarde a sesión porque estoy de festejo.
Sabe, tenía 12 años y pastábamos en la misma clase. Como en esa escuela indescriptible a los repetidores nos acomodaban adelante, para observarla debía darme vuelta cada tanto con cierto disimulo indisimulado. No me apasionaba su belleza sino esos gestos en encaje y ese hablar en arrebol. Muchacha de todos los soles y no sé si lo sabía. Yo sí, yo lo sabía. Y traté de satelitarla, probé órbita tras órbita, galaxias mil. Demás está decir que ella ni me consideraba por mis limitaciones: desgarbadez, reducida elocuencia, y por ahorrar era mi mamá la que me cortaba el cabello.
Pero hay milagros, créame. Fiesta de fin de curso. En esa escuela irrazonable organizaron un picnic y ese día llovió hasta la amargura. Logré esconderme en un aula para fumar y entró ella con sus devotas; reían, no conmigo por supuesto. De golpe –milagro, ya dije- ella con su verbo de niebla me pidió una pitada. Concedida. Y de inmediato, sacando fuerza de no sé dónde, propuse entregarle un cigarrillo a cambio de un beso. Y me lo dio, en la boca, sin chistar, como una experta.
Lo demás es historia, avatares que usted ya conoce. Hoy 40 aniversario de ese beso. Y aunque nunca la volví a ver, y aunque a veces adultero su apellido y dudo si el arrebol no me lo invento, festejaré como cada año vengo haciendo.”



12 de noviembre de 2016

COMO SIEMPRE




Ir a la Capital. El problema está controlado pero hay que examinarse cada año. Viaja sola, como siempre; seis horas en el micro nocturno. Reservó fila 10 ventanilla, rogando que el otro asiento no se ocupe. Sin embargo. A su lado se ubica a último momento un joven edad indefinible. La saluda con sumo respeto, coloca su mochilita bajo el asiento y se dispone a leer. Sarita espía: es un libro en inglés, inglés ella no sabe.
El paisaje transita. Cierra los ojos aunque sabe que como siempre no ha de dormir.
En algún momento –después Sarita no podrá describirme cuál exactamente- el joven con una mano sólida y membruda remonta hasta su nuca y desde allí derrapa sin prisa hasta eternizarse en un pecho, merodeando el pezón sin tocarlo, sin tañerlo. Luego, en un andar riguroso, dos dedos llegan hasta el borde permitido y allí ensayan un floreo que es manso pero hondo pero sagaz y presto. Dos dedos que se detienen y retoman. Se detienen y la urgen. Se detienen y arremeten. Fue entonces que enmudeció el vendaval que vivaqueaba más allá del campo y las casas y la noche, y Sarita comprendió de golpe de qué materia se constituye el mirlo que emigra lejos tan lejos.

Arriban a la Estación Central.
El joven mira a Sarita a los ojos, saluda con respeto, recoge su mochilita y desciende de inmediato. El resto de los pasajeros se agolpan en el pasillo, inquietos. Sarita como siempre espera. No tiene apuro, claro que no tiene.




30 de octubre de 2016

COMO SUELE SUCEDER





Cuenta Juanpi:
Allí estaban, frente a mí, serios como suele suceder en estos casos. Mamá como ida. Papá soltándome un discurso que no escuché mientras buscaba una excusa.
Me habían pescado fumando en el colegio. A nosotros, los de primer año, nos persiguen por cualquiera; seguro llamaron a mi casa y ahora a soportar el regaño con esas grandes frases sobre cómo debe ser la vida y esas cosas.
A partir de hoy no haré nada que les parezca mal -digo para calmarlos-, prometo que voy a cumplir con...Y ni había terminado la frase cuando mamá se puso a llorar con todo y a papá se le llenaron los ojos de lágrimas.
Raro. Entonces escuché mejor.
Como suele suceder en estos casos, mi padre asegurando que aunque ellos se iban a separar no dejaría de verlo, que iría a su casa nueva, que nos veríamos fin de semana por medio, que ahora debía obedecer a mi madre y etcéteras subsiguientes.

Allí estaban, frente a mí.
Miré a mamá que ni me miraba, miré a papá que no se callaba más.
Yo mudo.
No iba a llorar, no delante de ellos. No iba decirles lo que pensaba. No. Porque como suele suceder en estos casos, se estaba quebrando mi corazón en mil pedazos .