10 de diciembre de 2016

RECORRIDO




Tiene un recorrido. No es más que slalom para evitar conocidos cuando va sola al cine. Siempre va sola. La fetichización de la belleza física campea y Ninna se siente ajena.
Sabe llegar justo antes que inicie la función, partir en cuanto finiquita. Sala llena esta vez y sin embargo, milagro, en fila cuatro butaca de pasillo libre.
La cinta brega.
Chavales asilvestrados en internado plúmbeo y acojonante, más director vil y cierta maestra inmarchitable que recita Milton. Primeros planos de pequeños atribulados; secuencias de galerías desiertas, desertadas, y esa fuga que nunca ha cuajado.
En sentido estricto, a Ninna tales sucesos han dejado de importarle porque sollozos -en vivo- emergen a su lado. Sollozos fugaces, sujetados de un hombre de edad indefinible. Y si bien Ninna no podría asegurar que también lágrimas borbotean, de todas formas le ofrece uno de sus pañuelos desechables.
Fin. La sala se ilumina. Mientras transitan pasillo arriba el suspirador agradece y declara que su novela en curso versa justo, justamente, sobre ese tema. Prosigue en el lobby el relato del relato inconcluso, con énfasis en cierta escena: el niño expósito que  devino en caballero besa la mano de la muchacha redimida tal como se le demuestra – en vivo- a nuestra Ninna.
La acción se detiene.
Ella nunca ha recibido excesivos besos, menos en esa ni en la otra mano, y un arrebol la delata. Al igual que en la novela en ciernes ha comenzado a llover y zarpan Ninna y el escribidor hacia la noche, sin paraguas.



27 de noviembre de 2016

NENÉ





Es demasiado tarde, dijo Ruth.
Tarde con respecto a qué, le pregunté.
Ruth es matemática. Muy lista, discreta, franca. Se separó hace años y floreció. Me consultó tras la muerte de su gata, pérdida que la sumió en esa pesadumbre que calificó de desmedida. Sesión tras sesión, atropellándose, emergieron otras averías y dimisiones varias.
Este jueves el tema fue Nené. La templada Nené. La afectuosa Nené. Fueron compañeras de estudios, cómplices, mancuernadas. Nené prefirió dedicarse a diseñar jardines; madre soltera, educó al chico a contracorriente.
Nené solía albergarla como la orilla a los cormoranes, y en la coda del alba Ruth le revelaba sueños de vigilia y sueños por acallar.
-Supo saber de mí más que yo de mí misma. Y sin embargo…
¿Seis años? ¿Acaso diez?
Ruth no logra precisar en qué momento dejaron de estar cerca tan cerca. Ni cuándo se privó de llamarla a diario o de ir a su encuentro. Menos quién se alejó de quién.
Rememorar y avergonzarse. Prescritos los descargos, los alegatos. Andanadas de bronca por saberse lejos de la que quiso y lejos de aquella que solía querer a Nené.
-No, no me siento capaz de ir a buscarla. Es demasiado tarde.
-¿Tarde con respecto a qué?






21 de noviembre de 2016

ANIVERSARIOS




“Llegué tarde a sesión porque estoy de festejo.
Sabe, tenía 12 años y pastábamos en la misma clase. Como en esa escuela indescriptible a los repetidores nos acomodaban adelante, para observarla debía darme vuelta cada tanto con cierto disimulo indisimulado. No me apasionaba su belleza sino esos gestos en encaje y ese hablar en arrebol. Muchacha de todos los soles y no sé si lo sabía. Yo sí, yo lo sabía. Y traté de satelitarla, probé órbita tras órbita, galaxias mil. Demás está decir que ella ni me consideraba por mis limitaciones: desgarbadez, reducida elocuencia, y por ahorrar era mi mamá la que me cortaba el cabello.
Pero hay milagros, créame. Fiesta de fin de curso. En esa escuela irrazonable organizaron un picnic y ese día llovió hasta la amargura. Logré esconderme en un aula para fumar y entró ella con sus devotas; reían, no conmigo por supuesto. De golpe –milagro, ya dije- ella con su verbo de niebla me pidió una pitada. Concedida. Y de inmediato, sacando fuerza de no sé dónde, propuse entregarle un cigarrillo a cambio de un beso. Y me lo dio, en la boca, sin chistar, como una experta.
Lo demás es historia, avatares que usted ya conoce. Hoy 40 aniversario de ese beso. Y aunque nunca la volví a ver, y aunque a veces adultero su apellido y dudo si el arrebol no me lo invento, festejaré como cada año vengo haciendo.”



12 de noviembre de 2016

COMO SIEMPRE




Ir a la Capital. El problema está controlado pero hay que examinarse cada año. Viaja sola, como siempre; seis horas en el micro nocturno. Reservó fila 10 ventanilla, rogando que el otro asiento no se ocupe. Sin embargo. A su lado se ubica a último momento un joven edad indefinible. La saluda con sumo respeto, coloca su mochilita bajo el asiento y se dispone a leer. Sarita espía: es un libro en inglés, inglés ella no sabe.
El paisaje transita. Cierra los ojos aunque sabe que como siempre no ha de dormir.
En algún momento –después Sarita no podrá describirme cuál exactamente- el joven con una mano sólida y membruda remonta hasta su nuca y desde allí derrapa sin prisa hasta eternizarse en un pecho, merodeando el pezón sin tocarlo, sin tañerlo. Luego, en un andar riguroso, dos dedos llegan hasta el borde permitido y allí ensayan un floreo que es manso pero hondo pero sagaz y presto. Dos dedos que se detienen y retoman. Se detienen y la urgen. Se detienen y arremeten. Fue entonces que enmudeció el vendaval que vivaqueaba más allá del campo y las casas y la noche, y Sarita comprendió de golpe de qué materia se constituye el mirlo que emigra lejos tan lejos.

Arriban a la Estación Central.
El joven mira a Sarita a los ojos, saluda con respeto, recoge su mochilita y desciende de inmediato. El resto de los pasajeros se agolpan en el pasillo, inquietos. Sarita como siempre espera. No tiene apuro, claro que no tiene.




30 de octubre de 2016

COMO SUELE SUCEDER





Cuenta Juanpi:
Allí estaban, frente a mí, serios como suele suceder en estos casos. Mamá como ida. Papá soltándome un discurso que no escuché mientras buscaba una excusa.
Me habían pescado fumando en el colegio. A nosotros, los de primer año, nos persiguen por cualquiera; seguro llamaron a mi casa y ahora a soportar el regaño con esas grandes frases sobre cómo debe ser la vida y esas cosas.
A partir de hoy no haré nada que les parezca mal -digo para calmarlos-, prometo que voy a cumplir con...Y ni había terminado la frase cuando mamá se puso a llorar con todo y a papá se le llenaron los ojos de lágrimas.
Raro. Entonces escuché mejor.
Como suele suceder en estos casos, mi padre asegurando que aunque ellos se iban a separar no dejaría de verlo, que iría a su casa nueva, que nos veríamos fin de semana por medio, que ahora debía obedecer a mi madre y etcéteras subsiguientes.

Allí estaban, frente a mí.
Miré a mamá que ni me miraba, miré a papá que no se callaba más.
Yo mudo.
No iba a llorar, no delante de ellos. No iba decirles lo que pensaba. No. Porque como suele suceder en estos casos, se estaba quebrando mi corazón en mil pedazos .
        


15 de octubre de 2016

SIN HIJOS



Helen es una joven colega, bella, agacelada. Me gusta su vigor, su temple, la forma en que sopesa a la cohorte en general y a los psicoanalistas en especial.
El pasado fin de semana concurrió a una boda. Muchedumbre,  boato y dispendio. Música en vivo y manducado a tope. Un edecán le señaló su mesa que compartiría con cuatro parejas y otra mujer sola. Helen no conocía a ninguno de ellos.
Tras el enésimo brindis, y tras el inevitable chiste de qué miedo tener una psicóloga cerca, saltó la pregunta de rigor: por qué una mujer joven y bonita se presenta sin pareja. Helen dispone de un potpurrí de respuestas aplacadoras.
Hasta ahí, todo bien.
Pero en cuanto Helen declaró sus 38 años, que no tiene hijos y tampoco interés en tenerlos, se produjo un serpenteo de miradas entre socarronas e impiadosas, cierto mohín en las damas, una caricatura de indulgencia en los caballeros. Silencios.
Al fin, una de las comensales, con la aparente aprobación del resto, le dijo directo que una mujer sin hijos no está completa, que sin hijos la vida no tiene sentido.

Lo peor –me cuenta Helen- es que enmudecí, yo, la de la boquita afilada. Sentí un gran agobio. Y cierto hartazgo. Pensé sorrajarles algo que incendiaría sus cabezas y si me detuve fue porque, no sé, me dieron lástima. Como en las películas, justo se acercó un morochazo para sacarme a bailar y liquidamos la noche.




1 de octubre de 2016

A LA MAR






No es un hotel de lujo, algo simple en un lugar intrascendente de playa y dos cuadras asfaltadas. Mily se encerró allí porque un desamor se olvida lejos y eso es lo más apartado que da su presupuesto.
Walter atiende su kiosco justo enfrente: si bien odia la estridencia solar y a las familias lagarteando, la venta de ojotas y bronceador salva el año. Asimismo ofrece libros aunque eso no viene al caso en esta historia.

El miércoles, tras días de desvelo y lágrima, Mily recorre el kiosco en aras de no sabe qué, pero algo. Walter controla. Comprende lo que ella busca porque él lo ha buscado antes y en ese buscar recaló en esa playa en ese kiosco el que quería ser escritor y ha desertado.
A punto de retirarse Mily, Walter la ataja: vea si el mar tiene algo para decirle, y si así fuere pase a contármelo que también me hace falta.
Obedece. Va al mar. Y regresa y refiere. Mily apila hoyuelos, él porta esa voz ronca y honda.

Pasan juntos la noche. Ella sollozando cuando la enlazaron y entretejieron, Walter gemía en cuanto ella franqueó y envolvió y retuvo.
Ha llovido. Alcatraces y cormoranes se dirigen hacia el oleaje que irrumpe el cielo. Sin palabras, quién las precisa. Ella no piensa en partir por ahora. Él va a rogarle que se quede pero lo hará más tarde, a lo sumo mañana.